Humanidades y Ciencias Sociales

HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES,

ENTRE  LA JUSTIFICACIÓN DEL PODER DOMINANTE

Y

LA AUTONOMÍA DE LOS CONTRAPODERES  PARA CONSTRUIR ALTERNATIVAS.

Daniel Cazés

LOS ESPACIOS DE DECISIÓN

Las ciencias sociales y las humanidades explican los procesos humanos y desarrollan la imaginación, interpretativa, antropológica, filosófica y artística ¾las disciplinas, por ello, de lo histórico, de la cultura, de la formación de los sujetos, de la percepción de la realidad, de la racionalidad y de la afectividad¾.

Escribir hoy en día sobre las ciencias sociales sería imposible sin evocar, así fuera en un bosquejo de unas cuantas líneas, el panorama del confrontación social y política del mundo actual porque cuando el conocimiento se divide entre las disciplinas humanísticas y las que no lo son, resulta evidente que de las primeras (de las que sustentan valores, proyectos y prácticas de poder social) provienen la voluntad y las decisiones que definen el uso y el destino de las otras (las que desarrollan las tecnologías para el dominio de unos seres humanos por otros). Los vertiginosos avances que en la actualidad han tenido las llamadas ciencias exactas y naturales alcanzan su expresión más significativa en sus aplicaciones bélicas.

Los cálculos balísticos, el estudio de la resistencia de los materiales, el conocimiento de las posibilidades de inhibición respiratoria y envenenamiento por acción de diversos gases, la transformación de las aportaciones de las ciencias experimentales en tecnologías que han permitido, entre otras muchas cosas, el desarrollo de las telecomunicaciones, del automóvil, la navegación marítima, la aviación y la astronáutica, de la desintegración del átomo, del control de virus y bacterias, de las técnicas de la medicina, de la farmacología, del poder incendiario del napalm y de la capacidad defoliadora de los elementos naranja y blanco, de la electrónica tanto en el proceso masivo de información como en la detección de objetos y la transmisión de imágenes, todo esto y más estaría aún en estado privitimísimo si la industrial militar de los países desarrollados no hubiera impulsado la investigación científica y la aplicación de sus resultados en la dirección hasta hoy prioritaria.

Pero que tal cosa suceda no compete al químico ni al físico ni al biólogo ni a los ingenieros y demás tecnólogos: las decisiones se toman desde la politología, la administración pública, la economía; se fundamentan en conceptualizaciones de orden filosófico, antropológico, histórico, sociológico y jurídico; se explican mediante construcciones teleológicas, axiológicas, éticas y teológicas; se difunden y se vuelven consenso social merced a la labor de comunicólogos, literatos, mitógrafos, predicadores, publicistas y comunicadores: el motor del conocimiento y de su aplicación tecnológica se ubica en terrenos humanísticos que podrán designarse como los de las ciencias sociales aplicadas.

ALTERNATIVAS

El trabajo intelectual realizado en los ámbitos que abarcan las humanidades y sus aplicaciones, es fundamental para que la conciencia que los sujetos tenemos de la realidad y nuestra disposición a la acción se estructuren en los niveles más elevados de la cientificidad, la racionalidad y la ética. En las formas y los métodos del conocimiento de lo social y de la reflexión humanística, como en cualquier otra experiencia social, se expresan los valores correspondientes ¾en niveles de sentido común¾ a interpretaciones racionales y morales contradictorias. Ese conocimiento y esa reflexión pueden abrir caminos de desenajenación, pero también ¾quizá antes que nada y sin duda con mayor frecuencia¾ proporcionan los elementos del conocimiento y la estrategia que fundamentan y fortalecen la jerarquización de la vida social y la opresión en las relaciones.

La reflexión sobre la historia y el destino de las humanidades en México debe tener presente esta realidad universal, sobre todo porque es en el ámbito de esas disciplinas de la creatividad intelectual y de la organización social ¾y no en el de las llamadas “ciencias duras”¾ en donde se inventan, se elaboran y se sacan a la luz pública conocimientos y visiones susceptibles, a veces desde ahí mismo, de convertirse en proyectos de contrapoder y en acciones primigenias de transformación cultural, es decir, en formas diferentes, alternativas, no dominantes, de la ciencia social aplicada.

LAS HUMANIDADES Y CIENCIAS SOCIALES  EN LA CULTURA MEXICANA

En países como el nuestro se desarrollan investigaciones básicas de muy elevado nivel y con reconocimiento académico mundial en los campos de las ciencias exactas y naturales. Sin embargo, sus resultados carecen de las posibilidades de aplicarse al desarrollo tecnológico, y los procesos de producción llegan a ser tan primitivos como los más: los empresarios lucran mejor, con menos inversión y mayor rapidez, desde la dependencia y sin crear tecnología, sino importándola (casi siempre obsoleta).

En cambio, la creación y la sistematización de los conocimientos que generan y permiten el control social, es decir, el consenso activo de los oprimidos hacia sus opresores, son en México de una enorme creatividad y producen admirables aportaciones originales. Las humanidades y las ciencias sociales han contribuido aquí para conocer las formas de vida, las concepciones de la realidad, las creencias y las esperanzas de la gente, para aprovecharlas y programar su cambio, para localizar recursos naturales y movilizar las iniciativas destinadas a explotarlos, para organizar la producción y la mano de obra necesaria para todas las labores, para organizar a la sociedad.

Desde la creación de la Nueva España hasta el México moderno de hoy en día, se han dedicado  humanistas y especialistas en cuestiones sociales, a la conceptualización y la formación de identidades, y a organizar la programación y la puesta en marcha de soluciones; a estructurar ideologías, normas, nacionalismos y gobierno; a hacer política gubernamental, gobiernista y de todas las oposiciones; a desencadenar y encauzar las fuerzas del trabajo manual e intelectual; a conformar sensibilidades, emociones, predisposiciones para la acción, consensos, cuestionamientos y rebeldías.

Al contrario de lo que sucede con los resultados de las otras ciencias, en México los del trabajo intelectual humanístico[1] hallan aplicación casi siempre inmediata en múltiples ámbitos de la vida social: en todos los niveles de la enseñanza; en las ideologías políticas y en los discursos que las integran; en la legislación y la diplomacia; en la interiorización y el arraigo de los valores, en su examen sobre un diván y en su difusión desde el claustro doméstico, el confesionario, el púlpito, la escuela, la radio, el cine y la televisión; en la publicidad; en los medios informativos; en el arte y la literatura; en la ensayística que sintetiza doctrinas dominantes, oficiales o alternativas.[2]

DIALÉCTICA Y RENTABILIDAD

El trabajo intelectual realizado en los ámbitos que abarcan las humanidades y sus aplicaciones, es fundamental para que la conciencia que los sujetos tenemos de la realidad y nuestra disposición a la acción se estructuren en los niveles más elevados de la racionalidad y la ética. Del conocimiento de lo social y de la reflexión humanística provienen, precisamente, las contradicciones de la racionalidad y la ética. En ese trabajo pueden abrirse caminos de desenajenación, pero también ¾quizá antes que nada y sin duda con mayor frecuencia¾ proporciona los elementos del conocimiento que fundamentan y fortalecen la jerarquización de la vida social y la opresión en las relaciones.

Es ya sabido el hecho paradójico que pese a la importancia de las ciencias sociales y humanidades en todos los  ámbitos, gradualmente han sido marginadas dentro de los centros educativos en lo que asignación de presupuestos y prioridades gubernamentales se refiere.

En la década de los noventa, el presupuesto de la investigación social y humanística se redujo en 28%, mientras que la contracción del financiamiento a la investigación en ciencias exactas y naturales y al desarrollo tecnológico sólo se contrajo en 3.35%.

Pedir que en la UNAM se restrinja aún más la investigación social y humanista podría ser producto de la ignorancia. Pero lo es más bien de la subordinación de algunos académicos al poder que desarrolla en México su proyecto neoconservador.

Ahí se afirmó también que mientras se pugna por el rescate de la unidad de los conocimientos, quienes establecen la prioridad de lo técnico sobre lo histórico, de lo práctico confrontado a la teoría, plantean falacias típicas del discurso del poder. Alimentadas en un país con las carencias y miserias de México, esas falacias son cuentas de vidrio: a cambio de ellas se espera anular el trabajo empeñado en la renovación, el crecimiento del saber y la sabiduría que permitan entender los procesos de la vida humana y sus transformaciones, así como conocer las condiciones sociales y las causas de los problemas nacionales para plantear soluciones al tiempo que se transmiten valores culturales y se crean y arraigan valores nuevos.

ALGUNAS PREGUNTAS


Las humanidades y ciencias sociales han sido, a través de la historia de México, las disciplinas de la creatividad intelectual socialmente más productivas. Ellas conforman lo esencial del pensamiento creativo que ha fundamentado la civilización y la organización de nuestra sociedad. Del resultado del trabajo de quienes a ellas se dedican proviene la síntesis del conocimiento, de las tradiciones nacionales, de los valores imperantes y de las estrategias básicas para la aceptación generalizada y la interiorización de éstos para que en la imagen que los sujetos sociales nos hacemos de la realidad, las jerarquías sociales aparezcan como naturales e inmutables.[3]

Recordemos, sin embargo, que en los últimos 15 años, el precio del trabajo de los investigadores universitarios (que en este país realizan casi la totalidad de la investigación) se ha abaratado en más de 70%.[4] Y recordemos también que, como se ha visto, cuando el número de los proyectos de investigación humanística no se ha reducido, se ha estancado o ha crecido a un ritmo ridículo.

Lo dicho lleva a formular, cuando menos, estas preguntas: ¿por qué, si las disciplinas sociales y humanísticas representan todo lo enumerado y mucho más, por qué, si sus aportaciones al ejercicio de la hegemonía y al otorgamiento de los consensos resultan tan valiosas para el poder, en estos años éste restringe cada vez más su financiamiento público? Si su desempeño es función de Estado, ¿por qué el gobierno busca cancelar las posibilidades de que se desarrolle adecuadamente? ¿Por qué el destino inexorable de la investigación social y de las humanidades parece ser exterminio de las universidades públicas ?

Y ALGUNAS TESIS PARA RESPONDERLAS


a) Reducir espacios de los contrapoderes

Las respuestas a estas y otras preguntas que también han de formularse, pueden ser múltiples y complejas. Para contribuir a hallarlas sólo propondré algunos elementos de reflexión.

El carácter crítico de las disciplinas del pensamiento y del conocimiento tiene como espacio privilegiado a las ciencias sociales y a las humanidades: es en el ámbito de éstas donde se examinan y se evalúan las relaciones entre los seres humanos, donde se impugna y se enjuicia lo inaceptable, donde la experiencia y la imaginación humanas se despliegan para formular principios éticos, delinear modelos de lo deseable y diseñar los proyectos de transformación de la sociedad. Las ciencias sociales y las humanidades permiten concebir las dimensiones posibles de la utopía y planear su concreción. Son, por lo tanto, campo fértil para la crítica del poder, para la construcción de alternativas y, por ello, instrumento para demoler los conformismos y para iniciar la acción de los contrapoderes. Pruebas de que así es abundan. En México, basta con recordar la importancia de las movilizaciones universitarias en los movimientos democratizadores de 1968 y 1988.[5]

A quienes ejercen los poderes reales en la sociedad mexicana les interesa mantener bajo control toda búsqueda humanística y orientarla hacia la producción eficiente de informaciones y mitos que opaquen las contradicciones sociales y arraiguen en los sujetos los valores que organizan, hacen aceptar y exaltar el dominio de unos cuantos y la sumisión de muchos. Por ello, han iniciado exitosamente la sustitución de la investigación social y la creatividad humanística por la de la especulación televisiva espectacular.

En momentos en que van anulándose las funciones sociales y socializadoras del Estado, es decir de la res publica, también el conocimiento de lo social y la imaginación humanística están siendo privatizados.

b) Poder sin proyectos de grandeza

El mismo día en que me propuse revisar por última vez esta líneas, Carlos Fernández-Vega dio a conocer los resultados de una de las más interesantes investigaciones periodísticas de los últimos años.[6] Su reportaje permite a quienes lo ignoraban saber que 37 hombres de negocios, “la élite de élites de la iniciativa privada nacional, controlan los 70 grupos industriales, comerciales, financieros y de servicios que operan en México con una incidencia decisiva en el plano económico y político”.

Cuando el capitalismo se centra en la especulación financiera, el lucro ilimitado y el consumo sin freno, los empresarios y los gobiernos que controlan pierden, si alguna vez lo tuvieron, cualquier proyecto de grandeza nacional. No se parecen a sus antepasados –europeos, estadounidenses o incluso porfirianos y hasta alemanistas–, quienes no sólo se enriquecían con la explotación del trabajo ajeno y con la corrupción de la administración pública, sino que parte de sus ganancias y de su poder los consagraban al equipamiento adecuado y al embellecimiento monumental de sus ciudades, así como a la elevación de los niveles de civilización en los campos del conocimiento y de las artes.

En cambio  en  el México de hoy las instituciones civilizadoras de la sociedad son sometidas a campañas de desprestigio para justificar un evidente programa destinado a hacerlas caer en el deterioro, el abandono y la destrucción; son poco rentables para el capital y con creciente frecuencia e intensidad se vuelven focos de cuestionamiento de los poderes. Éstos parecen preferir por ello que las entidades públicas consagradas a la investigación, en las que se desarrollan ampliamente las disciplinas sociales y humanísticas, sean sustituidas por empresas privadas dedicadas en exclusiva a formar, para el patrimonialismo político y las empresas privadas, administradores menos cultivados que los abogados que los precedieron pero tan ansiosos de riqueza como ellos.

Para las 300 familias más poderosas de este país, para los superempresarios que acrecientan sus riquezas aquí y las cuidan fuera, y para sus empleados gubernamentales, la universidad pública mexicana, fundamentalmente humanista, puede desaparecer y la investigación que en ella se realiza puede acabarse: la mano de obra barata y las ganancias fáciles no precisan de ellas, y los conocimientos necesarios para el lucro pueden importarse.


[1] La definición del conjunto de las ciencias o disciplinas sociales y humanísticas, o más genéricamente de las humanidades, es motivo de controversias epistemológicas. Como éste no es el espacio para intervenir en tan necesario debate, aclaro:

a)      De manera convencional, agrupo en el concepto a las especialidades profesadas en las Facultades, Escuelas, Institutos y Centros que el Estatuto General de la UNAM (1945, edición de 1990 con las reformas hechas hasta 1989) hace integrantes del Consejo Técnico de Humanidades o invitados a sus sesiones: filosofía, literatura, filología, teatro, historia, antropología física y social, etnología, arqueología, lingüística, geografía, pedagogía, bibliotecología, derecho e investigaciones jurídicas, contaduría y administración, trabajo social, psicología, artes plásticas, cine, música e investigaciones estéticas, economía, sociología, comunicación, relaciones internacionales y estudios sobre la institución universitaria. Incluyo además todo el trabajo artístico y de formación y búsquedas no escolarizadas de la Coordinación de Difusión Cultural e instancias afines.

b)      El Sistema Nacional de Investigadores agrupa a todas estas disciplinas en su área de Ciencias Sociales y Humanidades.

c)      No excluyo ninguna especialidad antigua, como la teología, ni ninguna nueva o resultante de la fusión de varias (como la medicina social o la salud pública).

d)      Tomo aquí como referencia los datos concernientes a las investigaciones que se hacen en los Institutos de la UNAM, de los que se dispone en diversas clasificaciones y con diversos agregados, no siempre congruentes entre sí. Tomo y expongo cifras sabiendo que sólo son indicativas de situaciones generales.

e)      Reconozco que todas las “ciencias duras” y sus   aplicaciones tecnológicas parten de motivaciones humanísticas; el desarrollo de nuestra racionalidad, sin embargo, las ha separado de las humanidades y por ello hay ocasiones, en las que no queda más remedio que considerarlas separadamente.

[2] Al referirme a la “universitarización” de la sociedad mexicana incluí otra versión de estas enumeraciones. Véase “Democracia y desmasificación en la universidad pública”.

[3] De estas cuestiones me ocupé en mi trabajo de 1986 “El proceso de producción del pensamiento creativo”, Anales de Antropología, UNAM XXII: 263-305, particularmente en la primera parte.

[4] Véase la información detallada a este respecto en el libro de Martínez della Rocca y Ordorika antes mencionado.

[5] En mi trabajo citado en la nota 5 me detengo con más detalle en el análisis del antiautoritarismo originado en las universidades.

[6] Carlos Fernández-Vega: “Concentración y poder. La élite del empresariado mexicano” (primera parte), Perfil de La Jornada, 1y 2 de abril de 1991.

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